Las hijas de La Nacha: mujeres, drogas y frontera

El papel de la mujer en las familias de narcotraficantes, los amores narcos, las narcoviudas y la situación de las nuevas generaciones de mujeres metidas en el negocio del tráfico de drogas emergen de esta reveladora investigación.

Un policía se refleja en un camión de los cuerpos de seguridad en Ciudad Juárez durante un operativo en junio de 2010.
Un policía se refleja en un camión de los cuerpos de seguridad en Ciudad Juárez durante un operativo en junio de 2010. Foto: Alejandro Bringas / Reuters

Ignacia Jasso viuda de González, La Nacha, controló el tráfico de heroína, morfina y marihuana en Ciudad Juárez de los años treinta a los setenta. Por casi un lustro hizo frecuentes entregas en El Paso y otras ciudades estadunidenses, construyendo una duradera industria del tráfico trasnacional.(1) En 1942 la cabeza del Federal Bureau of Narcotics (FBN), Harry J. Anslinger, intentó extraditarla para que fuera juzgada en Estados Unidos. Dos agentes simularon ser traficantes, y ella les presumió tener clientes hasta en Detroit y Nueva York. Luego de ganarse su plena confianza, La Nacha los llevó a que conocieran sus sembradíos de amapola en Jalisco y uno de sus narcolaboratorios en Guadalajara. Posteriormente, algunos empleados de Jasso viajaron a San Antonio con 55 onzas de morfina escondida en un compartimento secreto en el tanque de gas de su coche. Al llegar a su destino, fueron arrestados. A pesar del vago involucramiento de Jasso en ese delito, el legislador John J. Cochran la denunció en el pleno del Congreso,(2) y de allí en adelante su nombre fue asociado al crimen organizado trasnacional.

Como Lola la Chata, la jefa en la Ciudad de México, La Nacha construyó una organización criminal basada en la familia, y así arrastró a sus hijos, nietos y sobrinos al negocio.(3) Comenzó a traficar junto a su marido en los años veinte y, luego de la muerte de su esposo, continuó vendiendo opiáceos y marihuana, y a la vez llevaba negocios legales. De muchas maneras, la vida de La Nacha ejemplifica la de muchas otras mujeres involucradas en el tráfico de drogas.

La mayoría de los académicos y expertos reconocen que las mujeres siempre han estado activas en el tráfico de drogas, pero la fama y las historias de éstas difieren dramáticamente de las de sus pares hombres. Howard Abadinsky, el autor del libro Crimen organizado, explica que los hombres relacionados con ese negocio ganan su fama y prestigio a través de sus hazañas y su asociación con grupos delictivos, y no tanto por su eficiencia empresarial: luego de que demuestran su entrega y lealtad, entonces son aceptados en la organización. El proceso puede ser tan básico como ponerse un uniforme o tan formal como ascender en los peldaños de la jerarquía del grupo, pero ganarse un sitio luego de la iniciación asegura protección y que no serán fácilmente defraudados por sus socios o incluso por su competencia. Eso les asegura, también, el acceso al dinero grande.(4)

Para las mujeres que participan en el narcotráfico, sus credenciales generalmente derivan de su parentesco con los capos o jefes y, aun cuando no tienen lazos directos de sangre, muchas se involucran a través de redes sociales informales: por sus amigos, conocidos o novios. Esto les asegura, además de cierta protección, flujos de dinero que les permiten comenzar negocios legítimos que sirven a sus contactos como lavanderías de dinero. Esto se hace evidente en el caso de Sandra Ávila, la sobrina de Miguel Ángel Félix Gallardo y de Juan José Quintero Payán.

Las mujeres sin lazos familiares directos con uno u otro cártel se encontrarán sujetas a frecuentes pruebas y dudas, incluso desde sus socios hombres, y generalmente no pasarán de menudistas: en el caso de La Nacha, los químicos que trabajaban en su laboratorio refinando el opio crudo ofrecieron a los agentes encubiertos sacar a Jasso del trato y venderles directo.(5) A pesar de todo, La Nacha es una excepción exitosa porque al final encabezó por años un cártel primordialmente femenino, construyendo su liderazgo luego de años en el negocio y pasando ese pedigrí a sus hijos. La fuerza de La Nacha creció a la par de sus hijos e hijas.

Así, para la mayoría de las mujeres, hoy y ayer, la alianza o relación con los hombres del narco es lo que les da un lugar en la organización.

Ignacia Jasso viuda de González, <i>La Nacha</i>, primera de las lideresas narcotraficantes, fotografiada para su ficha criminal en 1942.
Ignacia Jasso viuda de González, La Nacha, primera de las lideresas narcotraficantes, fotografiada para su ficha criminal en 1942. Foto: Especial
LA NUEVA GENERACIÓN FEMENINA

Sofía es una fronteriza de 30 años que ha vivido en Ciudad Juárez desde los 10. Se mueve con soltura entre culturas y habla perfecto inglés. La única hija de una familia de cuatro hermanos, creció entre varones; como sus hermanos, entró al negocio familiar y, como muchas mujeres hoy en altos puestos en organizaciones de narcotráfico, Sofía representa una generación diferente a la de La Nacha, aunque los mecanismos de su inclusión en el negocio del narco hayan sido los mismos.

Sofía tiene carrera universitaria: es graduada en Administración de Empresas. Como su madre, tiene un papel sustantivo en el negocio familiar, pero sus estudios son un gran apoyo para su carrera legal ya que, además, es dueña y administradora de varias boutiques y también de varias propiedades en renta. Explica que para aprender el negocio del narco una educación formal es innecesaria: a ser narcotraficante, dice, se aprende en la calle. Sus estudios le sirven sólo para manejar con solvencia sus negocios lícitos.

El parentesco de Sofía con una familia criminal fue, como ella dice, “una espada de dos filos”: su linaje atrajo la atención de otros narcos que la vieron como potencial amante o pareja. Sofía describe cómo los miembros de familias criminales usan a sus hijas para cimentar alianzas. Dice que muchas de sus primas han aceptado este papel convirtiéndose en amantes, esposas y viudas de narcos exitosos, pero ella renegó de esa vida y prefirió trabajar en el negocio por su cuenta. Su sangre le abrió muchas puertas, pero a la vez le valió disputas y resentimientos; dice que nunca ha escondido su identidad como hija de un capo, aunque eso haya afectado todos los aspectos de su vida como el amor, las amistades y el trabajo.

La entrada de una mujer al narcotráfico de altos vuelos siempre ha sido asunto peligroso. Como La Nacha, pueden fácilmente ser traicionadas o peor: Sofía comenta que una mujer que compite al tú por tú con los hombres del narco se expone a terminar como ellos. Ella es exitosa en el negocio, pero se distancia lo más que puede de las transacciones de calle, abocándose más al aspecto financiero y logístico. Como Lola la Chata y La Nacha, no consume lo que vende, y ha elegido mantener un perfil bajo: no le interesa ser sicaria ni un “machito que se come a medio mundo”, y a cambio lidera un pequeño negocio con otras cuatro mujeres.

Sofía entró al negocio por su padre, pero hay cada vez más mujeres educadas que llegan al narcotráfico por su cuenta. Andrea tiene 24 años y es hija de una familia acomodada. Una “chica fresa” que se sintió atraída por el dinero fácil y el estilo de vida de las drogas, a las fiestas y a la desinhibición. Su gusto por la música tecno y su actividad en la escena de los raves la llevó a comenzar a vender en los clubes privados de El Paso. Como narcomenudista cruza la frontera con sus bolsas de diseñador llenas de éxtasis, dosis de cocaína, ácido, morfina e inhalantes, lo que le asegura tanto independencia económica como diversión. No se ve a sí misma como narca, y afirma que tiene la intención de regresar a estudiar Medicina algún día, como hacía antes de comenzar a vender. Usa más drogas que muchos de sus clientes.

Sandra  Ávila Beltrán.
Sandra Ávila Beltrán. Foto: PGR
NARCOVIUDAS

La escalada de violencia en la frontera ha tenido un impacto directo en las mujeres traficantes. El antropólogo Howard Campbell señala que muchas jovencitas entran al negocio como “mulas” o traficantes para pagar las deudas de sus familiares hombres.(6) Otras, como Miranda y María, a pesar de la violencia sobreviven. Miranda, una empresaria de Sinaloa de 56 años, entró al tráfico a través de su marido, pero las deudas de él se convirtieron en la oportunidad de ella, quien creció en el seno de una familia pobre y el narcotráfico la hizo ascender social y económicamente. Su marido, sin embargo, pensó que podía engañar a su jefe diluyendo el producto. Miranda cuenta cómo al principio los jefes lo dejaron en paz, hasta que pasando el tiempo llegó la hora de pagar, y él lo hizo con su vida. A pesar de eso ella permaneció como un miembro confiable de la organización; sus credenciales pasadas como distribuidora y vendedora sobrepasaron las acciones de su marido. En la entrevista habló fríamente de su muerte como parte de ese negocio: no puedes dejar de pagar a los jefes. Luego de su viudez ella creció sus operaciones, y construyó una organización equiparable a la de La Nacha y, aunque se casó de nuevo con otro narco, mantiene el control de su dinero y de su negocio.

María también es una narcoviuda. Creció a la sombra del tráfico, ya que su madre vendía para mantener a la familia. Su infancia y adolescencia transcurrió entre paquetes de heroína y marihuana. Se casó a los 15 años con el distribuidor de su madre. Trabajó junto a su marido hasta que él la marginó, preocupado de que pudiera robarle sus contactos y comenzar a moverse por su cuenta, pero eso no sucedió hasta que lo mataron en una venganza. Al principio batalló dada su falta de trayectoria y credenciales; como madre ha mantenido el negocio muy lejos de sus hijos.

Algunas de estas mujeres entraron al negocio por sus lazos familiares y algunas por su cuenta, pero más de 70 años después de la historia de La Nacha, María encontró las mismas dificultades con sus competidores hombres, quienes se rehúsan a trabajar con una mujer o que minimizan su gestión. Todas las entrevistadas dijeron que prefieren andarse con los pies de plomo, más que ascender rápidamente, argumentando que quien sube rápido cae más rápido. Todas dicen haber observado y aprendido de los errores de sus familiares y competidores hombres. Como La Nacha, Miranda emplea a sus hijos y sobrinos, creando poco a poco una dinastía familiar; al paso del tiempo, como La Nacha, le heredará a sus hijos nombre y trayectoria.